Cuando era pequeña tuve la gran suerte de pasar gran parte de mi niñez viajando en tren, un tren de esos que ya no se hacen, se le conocía como ferrobús, o también como el catalán, por el trayecto que a esas tierras tan lejanas hacía y a las que yo y por aquel entonces dudaba mucho de poder visitar algún día, no conocía a muchas personas que hubieran viajado allí, y si las conocía ya no habían vuelto, o venían poco, en verano al pueblo de mis abuelos, a la Feria y poco más. Aquel tren era uno con solera, con el encanto de las cosas que cuando vamos creciendo y por ser ya antiguas tienen….añoranza la llaman algunos… añoranza de esa infancia diría yo, de esa que se fue y es poco probable que regrese, o que de hacerlo lo hace agazapada tras los ojos de nuestros futuros descendientes….
Recuerdo cómo los viajes de aquel entonces, podían ser tristes y anodinos o cargados de ilusión, dependiendo de a donde me llevara ese viaje. Los lunes por la mañana teníamos que madrugar mucho, yo siempre lo hacía de mala gana. Como creo que todos los niños de mi edad, me hacía la remolona, hasta que mi madre me llamaba tres veces.
Nos abrigábamos bien, nos poníamos la bufanda y el abrigo y salíamos haciendo un trayecto en el que mi madre era siempre la que se cargaba con la maleta. Atravesábamos la calle Alonso Martín y después acortábamos por detrás del Ambulatorio, pasando por las casas baratas, y un descampado que ya hoy no existe, estaba todo oscuro, y lleno de eucaliptus hoy ese descampado lo ocupa toda una hilera de pisos, que han hecho que el recorrido a la estación pierda gran parte de su encanto… el sonido de nuestros pasos sobre aquella carretera sin asfaltar y con adoquines era lo único que se oía, a veces yo miraba hacia atrás, intentando ver si había alguien, pero rara era la vez que nos cruzábamos con alguna persona. La mayoría de la gente llegaba a la estación en taxi, y allí nos encontrábamos todos. La estación era fría, y con ese olor característico que aún perdura en la retina de mi memoria. Casi nunca llegaba el tren puntual, y nos gustaba mirar en el andén ver aquella luz en el horizonte que nos indicaba que el trayecto estaba a punto de comenzar. Los billetes eran amarillos y rectangulares, y durante mucho tiempo los coleccioné, algunos tenían un triangulito pequeño, siempre en distintos sitios, marca que indicaba que el revisor te lo había pedido durante el trayecto. Siempre los guardaba mi madre hasta ese momento, después yo se los pedía, y los iba guardando, pero crecí y perdi el interés y ahora me arrepiento de no tener ninguno en mi poder….
Cuando el tren llegaba yo me sentaba rápido, buscando algún sitio en el que hubiera algo de calefacción que me ayudara a quedarme dormida el resto del tiempo, para así no tener que pensar, o mejor no tener que sentirme triste, iba a estar toda una semana entera separada de mi padre, y desde que me levantaba el lunes ya comenzaba a echarle de menos. Cuando llegábamos al pueblo no había tiempo para pensar, llegábamos con el tiempo justo de subir a casa e irnos al colegio, y entonces comenzaba la cuenta a tras para que llegara el viernes.
El viernes era bien distinto, y el tren era mi gran compañero, ese que de la misma forma que los Lunes me alejaba de mi hogar, me volvía a depositar en su regazo pasada la semana escolar. Ese día nunca me sentaba, iba de un lado a otro, investigando, mirando curiosa por la ventana el paisaje… las encinas de mi tierra…como si lo que aquel recorrido me mostraba hubiera cambiado y me proporcionara estampas más estimulantes que las que a principios de semana había. Al principio el tren si paraba en Almorchón, me gustaba mucho aquella estación que se notaba que algunos años atrás había sido mucho más importante que ahora. Mi madre me contó que antes Almorchon era parada obligada de muchos viajeros que debían continuar su viaje hacia Córdoba, e incluso había junto a la estación una especie de Hostal que hoy esta totalmente abandonado y cubierto de enredaderas.
A mí me gustaba imaginarme a las personas que allí habían estado, me preguntaba cómo irían vestidas, como olerían, me inventaba conversaciones entre ellos…
De todas formas esa no era mi parada preferida. Hasta la edad de 8 años, siempre esperaba con impaciencia llegar a la estación de Quintana, una estación en la que aunque el tren paraba, rara vez se montaba algún pasajero, otra estación abandonada, pero que me trae los más bellos recuerdos, porque allí estaba siempre mi abuelo. Mi madre, mi hermano y yo, solíamos jugar a adivinar si el abuelo nos estaría esperando aquella vez, y aunque la respuesta siempre era afirmativa, y el juego no tenía demasiado sentido, aquello se convertía en una rutina que nos unía y a la que dejamos de jugar cuando mi abuelo se marchó. Además siempre nos llevaba algo, a veces era un manojo de espárragos recién cogidos , otras veces una limonada bien fresquita y con mucho azúcar, como a mí me gustaba, o quizás algo de caza para mi madre, que con lo poco que comía era de las pocas cosas que siempre le apetecían. De mi abuelo tengo muchos recuerdos, recuerdo el olor de su colonia, las rebecas que usaba, siempre del mismo estilo, con el cuello de pico y con botones, pero en diferentes colores grises, verdes… su porte delgado, su cabello hacía atrás…. La alegría de los días de caza cuando siempre venía diciendo lo mismo : ¿A que fue el rey a Graná?, a ná, lo decía con una especie de canturreo, que desde luego no engañaba a mi madre, después regresaba al coche y sacaba la mercancía escalonadamente, y nosotros disfrutábamos mucho con ese ir y venir. Cuando mi hermano empezó a andar era un fastidio, porque cada dos por tres le pedía a mi abuelo que le cogiera en brazos, y mi abuelo como buen maestro le decía : No, si estás cansado vamos a sentarnos un ratito en esta puerta y cuando descanses continuamos. Estaban muy unidos y a mi me hubiera gustado ser ese niño pequeño al que le enseñaron a andar sin cansarse. Y asi lo hacíamos siempre. Él fue quien me enseñó a montar en un solo día en bicicleta, una Torrot roja que el mismo me regalo, no recuerdo bien si por mi cumpleaños.

Sonia, me ha encantado la narración. Creo que podrías usarla en el cole como lectura y ejemplo de narración. A los niños les gusta ver y leer las cosas que hacemos. Me refiero a leer cuentos, ver fotos, hacer powerpoints, etc. Quizás a ellos, o quizás solo a alguno, les hace ver que en su afición por leer, escribir o hacer otras cosas no tan comunes en la infancia de hoy no están solos, no son unos locos. Yo pienso y creo que si los humanos nos desvestimos del abrigo de la nostalgia y de las cosas alegres de nuestra infancia perdemos mucho de eso, de ser seres humanos con sentimientos y recuerdos.
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